Toy Story 5: la tecnología no es el enemigo, nosotros decidimos cómo usarla

Por: Hernando Diaz Nájera

Director y Productor de Audiovisuales

Recomendada para todos los padres que fueron valientes y no tuvieron miedo a traer hijos a este mundo tan disparatado de hoy en día.

Hay películas que simplemente entretienen, pero hay otras que, detrás de una historia aparentemente sencilla, consiguen poner delante de nosotros un espejo que nos refleja nuestra realidad. Toy Story 5 pertenece a esa segunda categoría y, definitivamente, era algo que necesitábamos de Disney.

Después de la experiencia que significó Lightyear, que para muchos padres resultó desconcertante (me apunto ahí en esa lista) al llevar a sus hijos al cine esperando encontrarse con otra cosa (recuerdo que muchos se salían de la sala al ver tanto “derroche de imaginación en esa película“; Pixar parece reencontrarse aquí con algo que sabe hacer muy bien: contar una historia aparentemente infantil que termina planteando preguntas bastante adultas, pero sin caer en escenas de tal talla.

A primera vista, Toy Story 5 parece enfrentar dos mundos: los juguetes tradicionales contra la tecnología. De un lado están Woody, Buzz, Jessie y todos aquellos personajes que durante más de treinta años nos han hablado de amistad, imaginación, lealtad y del maravilloso mundo del juego infantil. Del otro aparece Lilypad, una tableta inteligente que rápidamente se convierte en el centro de atención de Bonnie. Pero sería demasiado fácil concluir que Pixar está diciendo que la tecnología es mala.

En realidad, está diciendo algo mucho más incómodo: la tecnología no es el problema. El problema aparece cuando dejamos que su uso sustituya aquello que ningún dispositivo puede proporcionar.

Y hay algo que la película no dice directamente, pero que se sobreentiende: hemos convertido a los dispositivos en una especie de niñeras. Sabemos que un niño se quedará quieto mirando una pantalla y, desde edades cada vez más tempranas, sometemos a nuestros hijos a ese comportamiento porque resulta cómodo. Ahí es donde Toy Story 5 deja de ser solamente una película para niños.

Cuando la pantalla empieza a ocupar el lugar del mundo

Bonnie quiere hacer amigos, pero le cuesta acercarse a otros niños. Sus vecinos, los gemelos, están demasiado concentrados en sus dispositivos. Entonces aparece Lilypad y parece ofrecer la solución perfecta: si Bonnie tiene dificultades para relacionarse cara a cara, ¿por qué no ayudarla a relacionarse mediante la tecnología?

El problema es que una herramienta creada para facilitar la comunicación puede terminar convirtiéndose en un sustituto de la comunicación misma.

Llevamos más de dos décadas conviviendo con internet, redes sociales, teléfonos inteligentes, chats y videojuegos conectados. Ya no estamos hablando de una novedad tecnológica. Estamos hablando de una transformación generacional.

Hay niños que prácticamente han nacido dentro de ese mundo.

Por eso ya no basta con enseñarles a utilizar un dispositivo. Tenemos que enseñarles a vivir dentro del mundo digital sin perder la capacidad de vivir fuera de él.

Porque cuando un niño entra sin supervisión a determinados espacios digitales, no está entrando simplemente a una aplicación. Está entrando a un mundo donde puede encontrarse con personas de todas las edades, culturas e intenciones.

Y no todas tienen buenas intenciones.

El acceso temprano y sin acompañamiento adecuado a chats, redes sociales y comunidades digitales puede exponer a los menores a acoso, manipulación, engaño, contacto con adultos que buscan aprovecharse de ellos y, en los casos más graves, redes de explotación sexual infantil.

La pantalla puede parecer pequeña, pero el mundo que hay detrás de ella no lo es

Por eso la supervisión adulta no debería entenderse como una persecución ni como una invasión permanente de la privacidad de los niños. No somos la policía de Internet. Somos padres que debemos proteger a nuestros hijos de peligros que todavía no están preparados para detectar.

Del mismo modo que no dejaríamos a un niño pequeño caminar solo por una ciudad desconocida, tampoco deberíamos asumir que porque está sentado tranquilamente en su habitación está necesariamente en un lugar seguro.

El bullying también encontró conexión Wi-Fi

Pero tampoco hace falta llegar a los escenarios más extremos. La violencia entre jóvenes también encontró su espacio en Internet. El antiguo bravucón que golpeaba en el patio de la escuela ahora puede perseguir a su víctima detrás de una pantalla.

El rechazo del grupo puede convertirse en exclusión digital. La humillación puede transformarse en Happy Slapping. La persecución, en stalking o ciberacecho. La publicación de información privada, en doxing. La suplantación puede adquirir nuevas formas y, ahora, incluso la inteligencia artificial puede ser utilizada para crear nuevas modalidades de acoso y humillación.

Pero no satanizo al niño o al adolescente por estos comportamientos. Algunas veces no se trata simplemente de maldad; muchos de ellos forman parte de comportamientos humanos que siempre han existido. La diferencia es que ahora tienen herramientas mucho más poderosas.

La tecnología no inventó la crueldad; simplemente le dio una capacidad de expansión que antes no tenía.

Una humillación que antes podía ser presenciada por veinte compañeros ahora puede llegar a cientos o miles. Una fotografía vergonzosa que antes podía quedar en un álbum puede reproducirse indefinidamente. Y el acosador ya no necesita siquiera estar físicamente cerca de su víctima.

Del niño “raro” al niño que simplemente es diferente

También ha cambiado nuestra manera de mirar a quienes no encajan en determinados modelos sociales.

Durante mucho tiempo, el niño estudioso, inteligente, responsable o interesado por la ciencia y la tecnología era presentado como “el raro”. El nerd era aquel que sabía demasiado, que no tenía las habilidades sociales del grupo dominante o que prefería un libro, una computadora o una conversación sobre ciencia antes que aquello que los demás consideraban cool.

Series como The Big Bang Theory, con todas sus exageraciones y elementos de comedia, ayudaron a humanizar a esos personajes. Sheldon, Leonard, Raj y Howard podían ser extraordinariamente inteligentes, pero también tenían inseguridades, deseos, frustraciones, capacidad de amar, necesidad de pertenecer y problemas para relacionarse.

Es decir, eran seres humanos.

Y quizás esa sea otra lección que podemos extraer: no deberíamos construir una infancia en la que solamente existe una manera correcta de ser aceptado.

El niño inteligente no debería tener que esconder su inteligencia.

El niño creativo no debería avergonzarse de su imaginación.

El niño tímido necesita oportunidades para relacionarse, no necesariamente una pantalla que haga el trabajo por él.

Y el niño que todavía quiere jugar con juguetes no está atrasado.

Está siendo niño.

Y entonces aparece el juego

Hay dos momentos de Toy Story 5 que me parecen especialmente significativos.

El primero ocurre cuando Bonnie y Blaze están jugando y los gemelos vecinos terminan incorporándose al juego con alegría.

No hay una aplicación que los conecte.

No hay una plataforma que los recomiende.

No hay un algoritmo que determine que son compatibles.

Simplemente están allí.

Juntos.

Jugando.

Creando una historia.

Y eso es precisamente lo que la tecnología no puede fabricar completamente: la experiencia humana de compartir un momento real con otra persona.

El segundo momento es todavía más simbólico: los niños reciben un Buzz Lightyear en el patio de juegos. La alegría es inmediata. Incluso el profesor termina con uno.

Y allí está la respuesta.

Los niños siguen siendo niños.

Necesitan correr, inventar, imaginar, ensuciarse, construir mundos imposibles, pelearse y reconciliarse. Necesitan convertir una caja en una nave espacial y hacer que un juguete sea astronauta por la mañana, pirata por la tarde y superhéroe por la noche.

Eso no es una pérdida de tiempo.

Eso es infancia.

Lilypad también aprende

Y aquí es donde creo que Toy Story 5 evita caer en un discurso simplista.

Lilypad no termina siendo derrotada porque sea tecnología. Tampoco es destruida ni presentada como una especie de demonio digital.

La verdadera transformación ocurre cuando comprende que Bonnie necesitaba algo que ella no podía proporcionarle de la manera en que estaba intentando hacerlo.

Lilypad descubre que Bonnie tenía razón y termina formando parte de ese mundo. Se convierte, de alguna manera, en uno más de los juguetes.

Pero hay algo todavía más importante: Lilypad también ayuda a Bonnie a conseguir esa amistad sincera que tanto necesitaba.

Es una conclusión muy significativa.

La tecnología no tiene que desaparecer.

Tiene que encontrar su lugar.

No tiene que reemplazar al juego. Puede acompañarlo.

No tiene que sustituir la amistad. Puede ayudar a construir puentes hacia ella.

No tiene que convertirse en el mundo.

Debe ser una herramienta dentro del mundo.

No es la flecha, es el indio

Como decimos por estas tierras: “No es la flecha, es el indio.” Quizás esa sea la reflexión más adulta que nos deja Toy Story 5.

No estamos frente a una película que diga “tecnología mala, juguetes buenos”. Sería una lectura demasiado superficial.

Un teléfono puede acercarnos a alguien que está a miles de kilómetros, pero también puede alejarnos de la persona que está sentada a nuestro lado.

Una red social puede permitirnos conocer personas y culturas diferentes, pero también puede convertirse en una máquina de exclusión, humillación y manipulación.

Una inteligencia artificial puede ayudarnos a aprender y crear, pero también puede utilizarse para engañar, acosar o destruir la reputación de alguien.

Un videojuego puede desarrollar imaginación, estrategia y habilidades, pero también puede convertirse en aislamiento cuando ocupa todo el espacio disponible.

La herramienta no decide por nosotros. Nosotros decidimos qué hacemos con ella.

Y quizás por eso la última enseñanza de Toy Story 5 no pertenece solamente a los niños. Pertenece también a los padres, a los profesores y a los adultos de una generación que fue testigo del nacimiento de Internet y que ahora debe acompañar a otra generación que prácticamente nació dentro de él.

No se trata de quitarles el mundo digital.

Se trata de enseñarles a caminar dentro de él.

Y, al mismo tiempo, recordarles que existe otro mundo que ninguna pantalla puede sustituir.

Un mundo donde se juega.

Donde se conversa.

Donde se abraza.

Donde se hacen amigos.

Donde se inventan historias.

Donde un niño puede tomar un Buzz Lightyear, levantarlo en el aire y convertirlo, simplemente porque sí, en el héroe de la aventura más extraordinaria que pueda imaginar.

Porque al final, la tecnología no es la villana de esta historia.

La verdadera pregunta es qué lugar queremos darle en nuestras vidas.

Y quizá esa sea la mejor lección que nos deja Toy Story 5: no necesitamos niños alejados de la tecnología; necesitamos niños que sepan utilizarla sin permitir que ella les quite la infancia.

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